Betún

Betún

Nunca tuve muy buena relación con mi papá. Mi mamá diría que eso era porque éramos muy parecidos; afirmación tan cierta como molesta para mí, que nunca quise parecerme a mi papá. Y no me refiero a los rasgos físicos —en cuyo caso la genética simple y dictatorialmente decidió—, me refiero a los rasgos que más daño me hicieron: la personalidad.

La niñez de mi padre estuvo plagada de abandono. Fue prácticamente un niño de la calle, que trabajaba de limpiabotas para poder comer.

Es muy probable que estos pensamientos los haya desencadenado el olor a betún para zapatos, que, instalado en algún lugar de mi memoria genética, hoy, en esta inusualmente fresca mañana de diciembre, mientras estoy sentada en el living (¿ven? Ya no le digo sala) de mi departamento en el centro de Buenos Aires, trae imágenes nítidas del cabello y bigote espeso de mi papá. Después volveremos al betún y al porqué tengo el dedo índice totalmente embadurnado de esta crema negra.

El abandono de la niñez de mi papá es, quizás, del tipo más doloroso, porque el abandonador está ahí, cerca, a tu alcance, y tú no puedes entender por qué. ¿Por qué no te mira? ¿Por qué no se ocupa del hambre de ese diminuto cuerpo de niño de nueve años?

Mi abuela no fue precisamente una madre ejemplar, y ni hablar de mi abuelo, a quien, según mi mamá, conocí de muy pequeña, pero le temía, y creo que con razones más que justificadas.

Mi papá fue un hijo ilegítimo. No sé si entre mis abuelos paternos hubo alguna vez un lazo formal. Nótese que digo formal y no legal, porque que no estaban casados era algo bien sabido. De hecho, mi papá ostentaba un único y sonoro apellido, el de mi abuela, que era el recordatorio constante, documentado y asentado en acta, del primero de los abandonos que sufrió.

Pero él siempre supo quién era su papá, cuál era su nombre, dónde vivía y a qué se dedicaba. Incluso sabía que tenía esposa e hijos, así que mi papá sabía que tenía hermanos con los que no compartía apellido pero sí genética.

Tenía clarísimo que el mulato dueño de la bodega de la esquina, quien había cometido la “travesura” de preñar a madre (su esposa) e hija (su hijastra), era su papá.

Mi papá contaba como anécdota dos situaciones que dejaban traslucir lo profunda que era su herida de abandono.

La primera era con su padre. Contaba cómo un día, como todos los días de semana, se levantó por sus propios medios y se preparó para ir a la escuela, y al notar que no tenía lápiz con qué tomar apuntes, esperanzado y decidido, enfiló los pasos hacia la bodega del mulato.

Frente al mostrador, al que apenas superaba en estatura, mi papá pidió un lápiz para poder ir a la escuela. ¿Para qué otra cosa podría necesitar un lápiz un niño de nueve años? Pero la explicación era imperativa.

Su petición iba dirigida al único “ser humano”, además de él, en la bodega: el mulato, su papá. La lógica que su infantil cerebro había logrado elucubrar le decía que eso debían hacer los padres y madres: proveer.

El mulato, del otro lado del mostrador, le respondió con una pregunta: “¿Trajo la puya?”.

Puya era como se conocía la moneda de cinco céntimos de Bolívar, y era el precio que, para ese día de 1959, se le daba a un lápiz.

Mi papá contaba la anécdota como al pasar; jamás contó lo que eso produjo en su alma. Nunca sabré qué conclusiones sacó ese infantil cerebro o cuánto dolió no tener la puya para el lápiz. ¿Qué le dolería más: la pobreza o el abandono?

Lo que sé es que mi papá no terminó el primario. Llegó hasta tercer grado, lo justo y necesario para aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir. Tampoco dijo si esa anécdota tenía algo que ver con ello, pero podría apostar mi vida a que sí.

La otra anécdota era más breve pero quizás más contundente. Solía contar que, cuando le verbalizaba el hambre a su madre, mi abuela siempre le contestaba con una pregunta desprovista de misericordia o ternura: “¿Tú me ves a mí haciendo arepas?”.

Nunca tuve muy buena relación con mi papá. Fue un padre proveedor, pero no presente. Me sentía abandonada porque todo lo resolvía a “realazos” a «billetazos», porque no recordaba nuestros cumpleaños, porque no estaba en nuestros momentos importantes, no sabía si era buena en matemáticas o literatura, ni siquiera sabía en qué grado de mi carrera estudiantil estaba.

Hoy, mientras hidrataba con betún el cuero negro de mi mate y trataba de dejarlo lo más brilloso posible, pensé en mi viejo, en lo brillante que él habría dejado el mate, porque era un profesional del betún. Mi viejo, el limpiabotas, que jamás abandonó el oficio pese a haber cambiado de trabajo por uno que le permitió criar seis hijos, comprar departamento y carro, pero que guardaba, en una gaveta de su cuarto, latas de betún de todos los colores posibles, cepillos y trapitos especiales, porque, aunque no terminó el primario, siempre fue un profesional, un profesional del betún.

Qué minúscula y ridícula se me hace mi herida de abandono después de escribir estas líneas. Qué suerte que el betún huela exactamente igual en Argentina y en Venezuela.

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