
Nunca tuve muy buena relación con mi papá. Mi mamá diría que la razón es que éramos muy parecidos, una afirmación tan cierta como molesta para mí, que nunca quise parecerme a él. Y no me refiero a los rasgos físicos —ahí la genética decidió de manera simple y dictatorial—, sino a los rasgos de la personalidad.
Ambos hacíamos de todo un chiste, especialmente de aquello que nos hacía daño. A ambos nos gustaban el béisbol y la poesía. Los dos podíamos recitar de memoria Poema de la despedida y La leyenda del Horcón. Ambos solíamos ser buenos amigos —de otros, porque entre nosotros no lo éramos— y ambos éramos rencorosos. Él no me perdonaba los silencios; yo no le perdonaba ni las ausencias, ni el machismo, ni la marcada preferencia por mi hermano. En fin, no le perdonaba la herida del abandono.
Pero ¿cómo esperar más de él, si la niñez de mi padre estuvo plagada de abandono? Fue prácticamente un niño de la calle que trabajaba de limpiabotas para poder comer.
Es muy probable que estos pensamientos los haya desencadenado el potente olor a betún para zapatos que, instalado en algún lugar de mi memoria genética, trae hoy imágenes nítidas del cabello y el bigote espeso de mi papá. Todo esto ocurre en una inusualmente fresca mañana de diciembre, mientras estoy sentada en el living de mi departamento, en el centro de Buenos Aires.
El abandono que sufrió mi papá durante la niñez es, quizás, del tipo más doloroso: el que proviene de alguien que está ahí, cerca, a tu alcance, y cuya indiferencia no puedes entender. ¿Por qué no te mira? ¿Por qué no se ocupa del hambre de ese diminuto cuerpo de niño?
Mi abuela no fue precisamente una madre ejemplar, y ni hablar de mi abuelo, a quien, según mi mamá, conocí cuando era muy pequeña. Le tenía miedo, y creo que había razones más que justificadas para ello.
Mi papá fue un hijo ilegítimo. No sé si entre mis abuelos paternos hubo alguna vez un lazo formal. Nótese que digo formal y no legal, porque que no estaban casados era algo bien sabido. De hecho, mi papá ostentaba un único y sonoro apellido, el de mi abuela, que era el recordatorio constante, documentado y asentado en acta, del primero de los abandonos que sufrió. Sin embargo siempre supo quién era su padre: el mulato dueño del kiosco de la esquina, un hombre que había tenido hijos con tres mujeres distintas: su esposa, la hija de esta —que además era su hijastra— y la madre de mi papá. Mi viejo era uno de los productos de sus «travesuras», y el mulato lo sabía perfectamente. Sabía que el muchachito limpiabotas, era también su hijo.
Mi papá contaba dos anécdotas que dejaban traslucir la profundidad y la tristeza de su abandono.
La primera involucraba a su padre. Contaba cómo un día, como todos los días de semana, se levantó por sus propios medios y se preparó para ir a la escuela, y al notar que no tenía lápiz con qué tomar apuntes, esperanzado y decidido, enfiló los pasos hacia el kiosko del mulato. Frente al mostrador, al que apenas superaba en altura, mi papá pidió un lápiz para poder ir a la escuela. ¿Para qué otra cosa podría necesitar un lápiz un niño de nueve años? Pero la explicación era imperativa si pensaba obtener el lápiz.
Su petición iba dirigida al único «ser humano», además de él, que había en el kiosco: el mulato, su papá. La lógica que su cerebro infantil había logrado elucubrar le decía que eso era lo que debían hacer los padres y las madres: proveer.
El mulato, al otro lado del mostrador, respondió a su petición con una pregunta:
—¿Trajo la puya?
Puya era el nombre con el que se conocía la moneda de cinco céntimos de bolívar, y esa era la cantidad que costaba un lápiz en aquel año de 1959.
Mi papá contaba la anécdota como al pasar, restándole importancia y, a veces, incluso convirtiéndola en algo jocoso. Era esa su mala costumbre: hacer de todo un chiste. Pero jamás contó lo que aquella experiencia produjo en su alma.
Nunca sabré qué conclusiones sacó ese cerebro infantil ni cuánto le dolió no tener la puya. ¿Qué le dolería más: la pobreza o el abandono?
Lo que sí sé es que mi papá no terminó la primaria. Llegó hasta tercer grado, lo justo y necesario para aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir. Tampoco dijo si aquella anécdota tuvo algo que ver con ello, pero podría apostar mi vida a que sí.
La otra anécdota era más breve, pero quizás más contundente, e involucraba a su mamá.
Solía contar que, cuando le decía que tenía hambre, mi abuela siempre le respondía con una pregunta desprovista de misericordia o ternura:
—¿Tú me ves a mí haciendo arepas?
Nunca tuve muy buena relación con mi papá. Fue un padre proveedor, pero no estuvo presente. Me sentía abandonada porque todo lo resolvía a «realazos», a «billetazos». Porque no recordaba nuestros cumpleaños, porque no estaba en nuestros momentos importantes, porque no sabía si era buena en matemáticas o en literatura —soy buena en ambas y digna del odio que sienten por mí ahora mismo—. Ni siquiera sabía en qué grado de mi carrera estudiantil estaba.
Pero hizo conmigo lo que siempre le habían negado a él: proveyó. Quizás, para mi papá, ese era el acto de amor supremo: no responder con preguntas a mis peticiones.
Hoy, mientras hidrataba con betún el cuero negro de mi mate y trataba de dejarlo lo más brillante posible, pensé en mi papá. Pensé que él lo habría dejado reluciente, porque era un profesional del betún.
Mi viejo, el limpiabotas, jamás abandonó el oficio, aunque cambió ese trabajo por otro que le permitió criar a seis hijos, comprar un departamento y un carro. Aun así, guardaba en un cajón de su cuarto latas de betún de todos los colores posibles, cepillos y trapitos especiales.
Porque, aunque no terminó la primaria, siempre fue un profesional. Un profesional del betún.
Qué minúscula y ridícula se me hace hoy mi herida de abandono.
Qué suerte que el betún huela exactamente igual en Argentina y en Venezuela.