Del enorme resplandor se infería la fatalidad, había llegado lo que tanto temía, el final de todo. Irónico, siempre pensó que el final sería oscuridad y no luz cegadora.
Agradecía enormemente la capacidad otorgada por una deidad desconocida, de almacenar lo tangible y lo intangible. No sabía a donde iría, pero estaba ciento por ciento seguro de que habría “cosas” que no querría extrañar, y que llevarlas consigo sería una gran fortuna.
¿Dinero? No ¿Para qué? Nada de lo realmente importante puede comprarse. Si hay algo positivo en las catástrofes, es que nos hacen ver con más claridad lo que realmente tiene valor. De repente en su mente cobraron sentido todas esas historias, que consideraba simples clichés, y que narraban como en el lecho de muerte algunas personas suelen arrepentirse de no haber hecho cosas tan sencillas como hablar más con los hijos, comer más helado o simplemente viajar más.
Entonces, una a una, comenzó a meter en la mochila que llevaría a lo desconocido “cosas” como:
.- El aroma del primer café de la mañana.
.- La sensación que tuvo la primera vez que vio el azul del mar caribe.
.- El grito de las guacamayas surcando el cielo al atardecer.
.- La sensación que tuvo la primera vez que usó anteojos y pudo ver todo con una claridad apabullante, siempre quiso repetir esa sensación, incluso dejó de usar los lentes deliberadamente por meses, para ver si luego de ese “ayuno” de claridad la sensación se repetiría, pero no, nunca volvió a ser como la primera vez.
.- La sensación del primer beso.
.- El rostro sonriente de su madre esa primera vez que la llevó a subir la montaña en teleférico.
.- La mirada dulce, bondadosa y amorosa de su abuela.
.- La sensación de esa primera vez cuando entendió que amaba y era correspondido.
.- La sensación de triunfo de cuando por fin logró mantener el equilibrio en la bicicleta por más de diez metros, y entendió que ya lo había dominado.
.- Las conversaciones con sus hermanas los domingos por la mañana mientras tomaban café con leche.
.- El dolor de panza después de reír con demasiada fuerza.
Miró la mochila y vio que solo quedaba espacio para una cosa más.
.- Eres ambicioso – dijo le deidad desconocida, con una voz profunda gutural y grave que parecía más un trueno que una voz – No puedes llevarte todo tu mundo. Solo te queda una cosa y soy intransigente con respecto a esto, no podrás agregar sino una cosa más, y ya casi no queda tiempo.
Sonrió mirando de frente la luz cegadora de donde venía la voz.
.- Tranquilo, conozco bien las injusticias de todos los dioses, pero esta vez mi conocimiento acerca del amor es mucho más grande – gritó a la luz mientras que con un movimiento ágil y certero, tomaba la mochila con una mano y con la otra abrazaba a su perro, mientras un haz de luz enorme, cegador y cálido barría con todo lo conocido.