Camino despacio bajo un sol abrasador que magnifica los treinta y cinco grados que castigan la costa atlántica de la Patagonia. Nunca fui muy amante de la playa a pesar de tener el mar Caribe como patio de juegos, pero debo reconocer el magnetismo del mar y su poder sanador, así que de vez en cuando accedo a visitarlo, hacemos las pases, él me sana y yo lo contemplo hasta el cansancio.
Ubico un banco con una vista privilegiada hacia el mar y bajo la sombra sólida que le da un pequeño árbol a su derecha, digamos que me saqué la lotería porque de diez bancos en línea, este es el único bajo una sombra.
Alterno la lectura con vistas fugaces al mar, mi pareja está en el agua y la observo desde mi palco presidencial, ella, mejor amiga del mar, suele disfutarlo más sumergida, mientras que mi relación con el mar es más visual, más poética (llámemoslo así, por no decir simplemente que nunca aprendí a nadar).
Veo que una señora de unos setenta años muy activa y vivaz, se acerca al banco en el que estoy. Habría sido optimista de mi parte pensar que pasaría la tarde sin compartir tan privilegiado asiento, saluda con un simple “buenas tardes” y se sienta.
La miro de reojo, deseando que no inicie una conversación, mi deseo de terminar el libro que me ocupa es más apremiante que el de comunicarme.
Se sienta al otro extremo del banco, pone a su lado una bolsa que acarreaba desde la playa, saca una factura de crema pastelera de una pequeña bolsa de papel y le propina el mordisco inaugural.
.- La omicrón ya está aquí – dice, mientras mastica la factura.
Me resigno a que no leeré y apago el libro electrónico, mientras me giro un poco hacia ella. Hace tiempo aprendí que las personas mayores solo quieren hablar un poco, desde ese momento han encontrado en mí una escucha paciente y una conversadora entusiasta.
.- ¿Sí? – digo fingiendo interés en la respuesta.
.- Sí, según, ya hay un caso en Buenos Aires.
Noto en su forma de hablar una familiaridad que me transporta a un pasado hermoso y feliz, sonrío internamente, pero aún no digo nada.
.- ¿Tiene a alguien en la playa? – Pregunta mientras señala la costa con la factura.
.- Sí, mi pareja ¿Y usted? – Sigo la conversación, en este punto, me interesa más seguir escuchando la melodía del acento que se me hace familiar que la respuesta.
.- Mi hijo con mis nietos. ¿Tiene hijos? – Continúa su interrogatorio.
.- No, no tengo hijos – Le contesto sonriendo, porque sé casi de memoria lo que vendrá luego.
.- Dios sabe lo que hace – Dice mientras le da un gran mordisco a la factura – ¿Quiere un pedacito? – Me invita con la boca llena y algo de azúcar impalpable en la mejilla.
Me río, porque realmente no sé que interpretar de esa frase «Dios sabe lo que hace», ¿sabe que no es buena idea que perpetúe mis genes? ¿Sabe que soy feliz sin descendencia? ¿Qué es exactamente lo que sabe?.
.- No gracias – Rechazo amablemente el pedacito de factura – la verdad nunca quise tenerlos.
.- ¿Ah no? – dice con asombro genuino mientras muerde nuevamente la factura.
.- No, nunca, nunca quise tenerlos.
.- ¿Pero tiene algún problema? ¿Era peligroso? – Dice mientras gira más el tronco hacia mí, realmente le intrigan mis razones.
.- No, ninguno, todo en orden, no es que no pueda, es que no quiero – le digo ya sonriendo divertida.
.- ¿Y su esposo? ¿Nunca quiso tener hijos?
Esta vez rio sonoramente porque además de divertirme, me da algo de tiempo para pensar la respuesta.
.- La verdad, soy lesbiana, mi pareja es una mujer y ni ella ni yo quisimos tener hijos.
El mordisco de la factura esta vez queda a medio camino, pero lo termina con cierto aplomo que me indica que entendió.
.- ¿Ah sí? Mejor, son más felices ¿verdad?.
Me rio nuevamente pensando en ese «más felices», ¿Más felices que quien? ¿Más felices qué ella? ¿Cómo cuantificas la felicidad para determinar si eres más o menos feliz?, pero no la voy a ahogar con mis divagaciones filosóficas.
.- Le mentiría si le digo que tengo la respuesta a esa pregunta, no sé si habría sido más feliz de otro modo, pero si sé que he sido muy feliz estos diez años que tengo con ella. ¿Usted no es de aquí, verdad? – pregunto para cambiar un tema que tengo la certeza de que al final será más incómodo para ella que para mí.
.- No, soy venezolana – muerde nuevamente la factura, en este punto sé que el mordisco es una forma de cederme la palabra.
.- Qué bien, yo también – le digo sonriendo – ¿De qué parte de Venezuela es?
.- Del Táchira -me dice entre sorprendida y alegre, nuevo mordisco a la factura.
.- Qué bien, yo estudié en la UNET (Universidad Experimental del Táchira) – le digo sonriente y sorprendida también, ahora entiendo por qué la melodía de su hablar me transportó a épocas lejanas y felices.
Me mira y le brillan los ojos de nostalgia y reconocimiento ¿Quién le iba a decir que a más de 8000 km al sur de su lugar de origen, miraría cara a cara a alguien tan familiar, tan incomprensible, tan cercano, tan lejano, tan similar y tan distinto a ella, todo esto a la vez? Pues sí, esta vez parece que su dios sabe lo que hace.