Descienda en orden y cuide sus pertenencias

Los comienzos, en la mayoría de los casos, como una moneda tienen dos caras contrastantes, una atemorizante y otra esperanzadora y emocionante, este era uno de esos casos, un inicio en el que ansiedad y esperanza van tomados de la mano por una nueva ciudad.

El recorrido de las mañanas siempre iba acompañado de esos sentires, así que paseaba ilusión y expectativa por el recorrido cotidiano, con la misma soltura que balanceaba la cartera. Le habían advertido que se trataba de un barrio peligroso, pero el presupuesto no daba para más, así que desde hacía tres meses vivía en una habitación de una casona colonial de techos y ventanas altas, ubicada en una ruidosa esquina, por la que subían con frecuencia ambulancias ensordecedoras porque dos cuadras más arriba estaba un hospital.

Tenía que caminar tres cuadras hasta la avenida principal y luego dos hasta la estación del metro, diez minutos, a los sumo, solía tomarle la caminata. Un aire frío matinal acompañaba el recorrido, 6 AM todos los negocios están cerrados, excepto la panadería en la que no había entrado en estos tres meses, se preguntó donde dormirían los indigentes que veía sentados frente a la panadería en las tardes al regresar. Los indigentes normalmente la saludaban, en más de una ocasión, al recibir el almuerzo y darse cuenta de que era pescado, lo llevaba todo el viaje de regreso para dárselos.

Bajar al andén, en la estación del metro, era mirar el caos de frente, en el anden opuesto al de ella esperaba una multitud el próximo tren, que iba en la dirección en la que ella realmente debía viajar, pero tomaba el metro en la dirección contraría, recorría cuatro estaciones en sentido opuesto y regresaba, ya que en la estación terminal usualmente los trenes se vaciaban e iniciaban el recorrido con muy pocos viajantes. Esto le agregaba a su viaje unos veinte o treinta minutos. Treinta minutos menos de sueño, ese era el precio a pagar por ir sentada, tranquila y evitar golpes y posibles hurtos durante las siguientes quince estaciones.

Con el tiempo aprendería que lo mejor era abstraerse del caos con música y lectura, y la familiaridad y la costumbre le dirían cuando levantar la mirada del libro porque su destino estaba cerca, pero hoy, aún después de tres meses, necesitaba ver los letreros en las paredes del túnel y escuchar el altavoz del tren indicarle la estación a la que estaban arribando.

Al ingresar a la primera estación pico, un rio de gente desbocada ingresó al tren sin ningún orden ni concierto, luego, la ocupación del vagón desafiaba las leyes de la física, era imposible determinar que tipo de agujero en la tercera dimensión permitía que tantos cuerpos ocupasen el mismo espacio. Había hombres, mujeres, niños, con atuendos y colores de piel tan variados que si alguien le hubiese preguntado cual era la característica física resaltante de ese pueblo, solo habría podido decir “hablan mucho y muy alto”.

Le sorprendía como no habían más discusiones, ¿como es que entre tanto empellón no comienza una riña? ¿Como es que no hay más hurtos de los habituales? Quizás tanta cercanía era precisamente lo que hacía imposible el maniobrar a los violentos y a los amigos de lo ajeno. No siempre le tocaba ir tan plácidamente sentada, muchas veces era una gota más en ese río, y para esos momentos había entrenado la sensibilidad, prestaba especial atención a como sentía su espalda, la piel de sus caderas había aprendido a identificar una mano extraña en su bolsillo, igual siempre sus pertenencias iban colgando junto con su bolso a la altura de su pecho. ¿Habrían todas esas personas entrenado su cuerpo para estas proezas? Seguro que sí.

Le gustaba imaginar las vidas e historias de sus compañeros de vagón, imaginaba que esa chica de tez morena y ojos color miel trabajaba en una estética, probablemente masajista, pensó al mirarle las manos que se veían suaves y de piel brillante, estaba muy cerca de ella y podía sentir su olor a duraznos ¿la crema corporal? ¿el champú? ¿un splash?.

Mas allá un hombre alto de traje y corbata luchaba por mantener el equilibrio, sub-gerente de alguna agencia bancaria, pensó. Una mujer de entre cuarenta y cincuenta años, probablemente trabajaba como empleada de mantenimiento en un edificio de oficinas, le pasaba revista a los daños que había sufrido su lunchera azul marino durante la avalancha de personas de la última estación, esas luncheras eran tan comunes entre los viajantes que ocho de cada diez pasajeros llevaban un equipaje similar, distintos colores, tamaños, formas pero todas con el pan de cada día, o el almuerzo de cada día para ser más precisos ¿por qué nos empeñaremos en hacer la comida fuerte al mediodía si solo tenemos una hora para almorzar? Miró la hora en su teléfono, 7:02AM, y mucha de estas personas ya tenían tres o más horas despiertas, claro, era por eso, ¿quien se come solo un sándwich al mediodía si hace ocho horas que desayunó?

Una voz suave y femenina anuncia la próxima estación en donde una vez más las leyes de la física brillan por su ausencia, salen unas veinte o treinta personas, entran más de cincuenta. Una mujer joven, morena, alta y hermosa apoya medio cuerpo en tubo cercano a la puerta, se aferra con fuerza, los nudillos blancos de la presión que ejercen, una mueca de dolor le atraviesa la cara y empuja con su cuerpo hacía atrás ¡Tengan cuidado! Grita mientras intenta separar su cuerpo del tubo, ¡ME VAN A REVENTAR UNA PRÓTESIS Y NO TENGO PLATA PARA UNAS NUEVAS! Grita con más fuerza mientras se mira el pecho.

Luncheras para el almuerzo, celulares y prótesis mamarías, justo en ese orden son las cosas que más abundan en el tren, una voz suave y femenina anuncia la siguiente estación “Próxima estación Sabana Grande, por favor, descienda en orden y cuide sus pertenencias” ¿Son pertenencias las prótesis mamarias? Pensó, porque justamente cuidarlas es lo que esa morena intenta, pero es casi imposible.

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