Bifurcación

Ahí estaba yo, mirando al piso y prestando especial atención a una la fila de hormigas que cargaban pedacitos de lo que parecían ser migajas de pan, intentando encontrar la respuesta a una pregunta que, pese a su simpleza, parecía abarcar todos mis temores ¿Ahora que voy a hacer con mi vida?.

Se suele creer que a los veintitrés años no podría haber ninguna angustia que te turbe, pero no, ese no era mi caso, yo estaba ahí con el corazón roto, con una cuenta bancaria vacía, recordando que me habían cortado el teléfono y con la certeza de que estaba entrando a la vida adulta por lo que parecía ser un canal directo al infierno.

Hacía cuatro años había decido emanciparme, así que ese día no me quedaba más que regresar al mono-ambiente en el que vivía a rumiar mi tristeza en soledad. Llegué y me di cuenta de que para aderezar mi desgracia, ese mismo día la compañía de electricidad había decidido cortarme la luz.

Lindo – dije en voz alta – así podré recostarme junto a mi desgracia a la luz de las velas.

Según como termine, un final puede ser una victoria o una derrota, por ejemplo, si el fin de un noviazgo es el matrimonio podría decirse que ese fin es una victoria, si el fin de una carrera es el acto de graduarse, ese fin representaría una victoria, pero si el fin del noviazgo es una ruptura y el fin de la carrera es la deserción entonces estamos frente a derrotas contundentes, este parecía ser mi caso, un cúmulo de derrotas que en ese momento pesaban toneladas en mí y me enterraban en mi cama en esa habitación a oscuras

La había conocido hacía ocho meses atrás y en ese momento yo estaba en lo que consideraba el pináculo de mi vida, que baja tenemos la vara al inicio de los veintes, tenía un “negocio” si podemos llamar así a un carrito ambulante de panchos apostado frente a una plaza, estudiaba administración de recursos humanos en una universidad privada financiada en su totalidad por salchichas, panes, aderezos y papas fritas provenientes del carro de panchos, y acababa de conocer a quien yo pensaba sería el amor de mi vida.

Pero uno tiene el control de las salchichas (con todo lo irónico que puede sonar esta máxima viniendo de la boca de una lesbiana), de los panes, de las notas en la carrera, que pese al poco tiempo que le dedicaba eran realmente buenas, pero no tiene control sobre las crisis y menos aún sobre los pensamientos y sentimientos de otras personas.

Ella licenciada en computación ya con algunos años ejerciendo, cuando la conocí acababa de regresar de hacer un curso en New York porque trabajaba para un gigante tecnológico, así que a mis humildes ojos de panchera nocturna, ella era “la mujer”, pero ese día, por esas cuestiones que sabes que no puedes controlar, llegó y decidió que yo era muy joven, muy inexperta, muy no sé, en fin, que no era la adecuada para ella. La admiraba como a nadie, quizás por eso afirmamos que el amor es en gran medida admiración.

Mi cabeza y mis ojos enamorados no me dejaron ver claramente durante el corto tiempo que duró mi relación, y no pude notar como una crisis económica había comenzado a hundir el país, y que en muy poco tiempo no habría salchichas o panes que lograsen mantener a flote mi carrera, así que la deuda con la universidad se fue acumulando y tuve que vender el carro de panchos para poder pagarla y recuperar mis papeles, con los que posteriormente probaría suerte en una universidad pública.

Sí, en una semana había perdido “el amor de mi vida”, mi “negocio” y mi “carrera”, todo entrecomillado porque hoy, con la lucidez que otorga el tiempo, puedo ver claramente que las tres cosas eran simples espejismos.

De las tres cosas que perdí me empeciné en recuperar una, el amor, así que me levanté visité a una amiga y gracias a ella volví a endeudarme, y con un préstamo en metálico me fui a otra ciudad a estudiar informática, porque algo me decía que si me insertaba en la misma área profesional, tarde o temprano volveríamos a cruzarnos, nunca pasó y eventualmente la olvidé, pero mi romántica terquedad me regresó un trabajo en una biblioteca (que feliz era en ese lugar) una carrera y además me permitió conocer a quien hoy es realmente el amor de mi vida.

Quizás de esto se trate esa frase que dice que el amor mueve al mundo, no sé si moverá el mundo entero, pero al mío definitivamente le sirvió de impulso.

Pesé a qué nunca volví a verla, un día, por esa curiosidad absurda que tenemos todos los seres humanos, la busqué en redes sociales y la encontré. Leí lo que escribía, miré las pocas fotos que permitía que fuesen vistas (es especialista en seguridad informática, así que no es mucho lo que deja ver) y me di cuenta de que no era tan interesante como la que habitaba en mis recuerdos, pero le agradecí en silencio con cariño genuino, porque esa derrota que un día me propinó con un adiós sólido, definitivo y contundente solo fue una bifurcación en el camino que me trajo a quien hoy soy.

Hoy solo puedo pensar en una máxima que solía repetirle mi mamá a mi hermana, cuando frustrada y llorosa porque había perdido en una de las competencias del deporte al que se dedicaba, le secaba las lágrimas con dulzura y le decía con amor “A veces perdiendo también se gana”.

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